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REFLEXIONES ACERCA DE UN CENTENARIO
El próximo año se conmemorará el centenario
del fin de la dominación española en Cuba y del inicio de la primera
intervención militar norteamericana en las islas. Casualmente, fue un 1° de
enero de 1899, cuando se hizo el traspaso de poderes de España a los EE.UU.
Exactamente 60 años más tarde, triunfó una
revolución armada que, de orígenes democrático-burgueses, devino
totalitarismo marxista-leninista.
¿Era posible alcanzar ese fin como la real
intención de parte de sus promotores, o las circunstancias geopolíticas del
momento le allanaron el camino?
Ahora no hay dudas de que existía en la
dirección de la revolución una fuerte tendencia y un compromiso de varios de
sus líderes hacia la izquierda, pero el pueblo cubano nunca tuvo vocación
materialista y jamás se acostumbró a vivir en la opresión.
Probablemente pocos pueblos de la América
hispana, hayan apoyado tan masivamente el triunfo de un proceso
político-militar como el pueblo cubano en enero de 1959. Pero la mayoría de
los cubanos, por sus raíces, su cultura, sus tradiciones, su religiosidad,
amén de las aportaciones recibidas de nuestros cercanos vecinos anglosajones,
no sentían nada por el totalitarismo y sí por la libertad, la democracia, la
justicia social y la ideología martiana.
En el devenir de los últimos ya casi 40 años,
muchas cosas han cambiado en el mundo. Sin embargo, la nación cubana sigue
paralizada, dividida, enfrentada consigo misma y a la hostilidad de los
gobiernos de los EE.UU. que mantienen un bloqueo injusto, inmoral e inoperante,
que sólo sirve para aislar más al pueblo de Cuba, potenciar sus sufrimientos y
justificar a sus opresores, colocando al régimen cubano en el lugar del David
contemporáneo.
A los opositores pacíficos dentro de Cuba, por
obra y gracia de esta injerencia continuada en nuestros asuntos, se nos acusa de
agentes del imperialismo, quintacolumnistas, apátridas y cuantos pretextos
sirvan para hostigarnos, reprimirnos, encarcelarnos e, incluso, expatriarnos.
Pero hay más. El bloqueo y la política hostil de los EE.UU. contra Cuba, sólo
han servido, hasta el presente, para justificar cuanta ineficiencia e
insuficiencia competen al sistema socialista imperante en las islas.
¿Por qué se ha mantenido?
Si intentáramos encontrar una respuesta
coherente a nuestra realidad político-social actual, tendríamos que mirar
atrás en nuestra historia como pueblo y como nación, recordando hechos
notables y sus causas independientemente de la pluralidad de lecturas que éstas
puedan tener.
Antecedentes del pasado reciente
La guerra revolucionaria que triunfó el 1° de
enero de 1959, había basado su programa y fundamentado su razón en el
propósito de restablecer el orden constitucional y jurídico interrumpido por
el golpe militar del 10 de marzo de 1952 realizado por el Gral. Fulgencio
Batista, barrer la corrupción administrativa, reformar la agricultura -
redistribuyendo la tierra y modernizando la producción agrícola -, desarrollar
la educación y la salud pública, industrializar el país, proteger a los menos
favorecidos - que siempre son los más - y redistribuir mejor las riquezas en la
sociedad.
En aquellos tiempos, y aun ahora, hay quienes
opinan que la revolución no era necesaria, que Cuba ocupaba un lugar
privilegiado entre los pueblos de la América hispana y ofrecen datos
estadísticos, cifras y comparaciones con éstos, para justificar sus opiniones.
La primera, y más aún, la segunda
intervención militar norteamericana en Cuba en los inicios del siglo que ya
termina, nos dejó una nación política y económicamente dependiente, lastrada
por la Enmienda Platt y controlada por el poder económico y político de los
intereses de los EE.UU.
La corrupción imperante en las islas, las
luchas por el poder, la enajenación de nuestras riquezas naturales, el
empobrecimiento de las mayorías y el entreguismo de los políticos de turno,
eran la cruda realidad de los tiempos. Era la Cuba de los "Generales y
Doctores", como dijera Carlos Lobería.
Las revoluciones sociales no ocurren
espontáneamente, sin causas muy concretas.
En Cuba era necesario un cambio. Pero desde el
primer momento del triunfo revolucionario y, aun antes, se hizo patente la
oposición norteamericana a estos planes y la reacción no se hizo esperar.
No hay dudas de que el gobierno de los EE.UU.,
presidido entonces por el Gral. Dwight D. Eisenhower, no estaba preparado
políticamente para aceptar ese desafío, y menos de Cuba.
En la misma década del fin de la guerra de
Corea y, en plena guerra fría entre Occidente y los países comunistas, optaron
por las fórmulas ya en ellos tradicionales para la época en América.
El discurso prepotente, las amenazas, los
sabotajes, el terrorismo, las invasiones, el aislamiento político y el bloqueo
económico, fueron las medidas tomadas contra Cuba y, paradójicamente, fueron
éstas las que le dieron a la dirección de la revolución, los avales y la
justificación para radicalizar sus posiciones y justificar sus acciones.
Toda esta política era ejercida por los
gobiernos de los EE.UU. en nombre de la libertad, la democracia y el bien del
pueblo de Cuba. Sin embargo, esta historia reciente ha demostrado otro aspecto
de la cuestión.
Cada vez que sus intereses políticos o de
cualquier tipo, han peligrado, los gobernantes de los EE.UU. han obrado,
abiertamente, según su propia conveniencia.
Ahí están los ejemplos de la invasión de
Playa Girón; cómo luego de orquestarlo todo, la abandonaron a su suerte por
intereses políticos. Cuando la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962,
pactaron con los soviéticos e hicieron concesiones de no agredir a Cuba. Cuando
los secuestros de aeronaves civiles comenzaron a crearles serios problemas,
dialogaron y pactaron con el gobierno cubano; o en las relaciones migratorias
entre los dos países, cuando necesitaron organizar y controlar ésta,
negociaron y firmaron acuerdos con Cuba.
Sin embargo, la medida que más tiempo se ha
mantenido, y que salvo disminuir se incrementa constantemente, el bloqueo, y de
hecho la raíz del diferendo Cuba-Estados Unidos, sigue inalterable. ¿Por qué?
Antecedentes del pasado lejano
Hace casi dos siglos, Thomas Jefferson, 3er.
presidente de los EE.UU., informó al ministro inglés en Washington, el 20 de
octubre de 1805, que si los Estados Unidos entraban en guerra con España a
causa de la cuestión de la Florida occidental, los norteamericanos tomarían a
Cuba. La posesión de la isla - manifestó Jefferson - era "necesaria para
la defensa de la Luisiana y la Florida por ser la llave del golfo".
Jefferson no admitía más alternativas dentro de su criterio de que, las
tierras ambicionadas por los EE.UU. debían permanecer en las manos más
débiles, que la de que Cuba continuara en poder de España, hasta que los
norteamericanos pudieran tomarla.
En abril de 1809, le escribía a Madison:
"Napoleón dará, seguramente, su consentimiento para que recibamos la
Florida, también habrá de darlo, no de manera tan fácil, posiblemente, para
que admitamos a Cuba".
Durante todo el siglo XIX y hasta el inicio de
la guerra hispanoamericana, la cuestión de la adquisición de Cuba por los
EE.UU., estuvo en la agenda de la mayoría de los presidentes estadounidenses,
adquisición que por diferentes motivos e intereses, fundamentalmente la
oposición británica, no llegó a concretarse hasta finales de siglo.
Cinco intentos de compra recoge la historia en
este período.
La guerra de EE.UU. con Inglaterra de 1812 a
1814 y la oposición de esta nación a los intereses norteamericanos con
respecto a Cuba, fueron un freno.
La Doctrina de Monroe se proclamó, como una
consecuencia directa del choque de los Estados Unidos y la Gran Bretaña en Cuba
en 1822 y 1823; fue un golpe diplomático y su objetivo profundo era servir a
los fines de la expansión.
La política de los Estados Unidos hacia Cuba se
mantuvo invariable durante varios años. Adams, que la formuló en términos
claros como secretario de estado de Monroe, la ratificó cuando sucedió a éste
en el período de 1825 a 1829.
Los EE.UU. preveían la adquisición de Cuba a
largo plazo. Se trataba de un caso de aplicación del principio de espera
paciente, manteniendo la presa en las manos más débiles.
Los sucesores de Monroe y Adams, mantuvieron la
política por éstos fijada hasta la presidencia de Polk. En 1848, éste propuso
ofrecer 100 millones de pesos por Cuba a España, luego de haber concluido la
expansión hacia California, Texas y Nuevo México. España no transigió.
Cuba siempre ha sido un país paradójico.
Cuando comenzamos a tener conciencia nacional e
identidad cultural propias, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, los
acontecimientos en Haití y la rebelión encabezada por T. Lovertour,
conjuntamente con el incremento de la trata de esclavos en Cuba, frenaron las
primeras intenciones libertarias por miedo a la sublevación de éstos y,
paradójicamente, nació el sentimiento anexionista.
Algunos cubanos de entonces, vieron en la
naciente república en expansión del norte, la solución a sus inquietudes de
libertad, seguridad y prosperidad. Pero esto llevaba a otra contradicción: la
pérdida de la joven nacionalidad cubana.
Mientras se balcanizaba la América hispana,
producto de las guerras independentistas de principios del siglo XIX, del otro
lado del Estrecho de la Florida, la pujante nación norteamericana se expandía
y mantenía la unión.
Los anexionistas cubanos, que desde 1822 no
cabildeaban ante el gobierno norteamericano, luego de ser rechazadas las
propuestas de un tal Mr. Sánchez, a sugerencia de Adams, volvieron nuevamente a
la carga influidos por el interés de los estados del sur, de extender la
"peculiar institución de la esclavitud" para aumentar su poder
político en el Congreso de la Unión. Se constituyeron comités, se fundó un
periódico para promover la anexión y se creó una junta revolucionaria en
Nueva York. La agitación por la anexión o por la separación de Cuba de
España cobró gran fuerza, tanto en la isla como en los Estados Unidos,
principalmente en los estados sureños.
El Gral. Narciso López se puso al frente de
este movimiento y fue secundado por personalidades de la política
estadounidense del sur, tales como: Jefferson Davies, el Gral. Quitman,
Buchanan, Pierre Soulé y otros; pero el presidente Taylor y el vicepresidente
Fillmore, no apoyaron estas iniciativas, pues trataban de lograr entonces un
entendimiento entre el norte y el sur que impidiera la secesión.
No obstante, Narciso López prosiguió con sus
planes y, luego del fracaso de la expedición de "El Criollo", en mayo
de 1850, logró el concurso personal del Cnel. Crittenden, quien como su segundo
y junto a decenas de norteamericanos y cubanos, desembarcaron en Pinar del Río
a bordo del Pampero, pagando con su vida y con la de casi todos sus compañeros,
el intento de arrancar a Cuba de España.
La ejecución de Crittenden y cincuenta de sus
hombres en las faldas del Castillo de Atarés, el 27 de septiembre de 1851, y la
de Narciso López, agarrotado el 1° de octubre, en La Habana, produjo fuertes
reacciones en el sur de los EE.UU. y las protestas contra la actitud del
gobierno norteamericano y el español, fueron generales.
El presidente Franklin Pierce, aprovechando el
incidente del buque norteamericano Black Warrior, apresado en la bahía de La
Habana, el 28 de febrero de 1854 por las autoridades aduanales españolas y,
conociendo de la crisis gubernamental que atravesaba España a la sazón,
trató, intimidatoriamente primero, y luego gestionando la compra por 130
millones de pesos, de adquirir la isla. "Negociar con Cuba - respondió el
ministro de estado español en las Cortes Constituyentes - es negociar con el
honor nacional".
El presidente Buchanan trató de mantener la
idea de la compra, pero la guerra de secesión de 1861 a 1865 era ya un hecho.
Con el triunfo de las fuerzas del norte y la
abolición de la esclavitud, el anexionismo sufrió una dura derrota.
El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de
Céspedes dio inicio a la Guerra de los Diez Años en su finca La Demajagua.
El 10 de abril de 1869, se proclamó la
independencia en Guáimaro, se aprobó una Constitución y se eligió presidente
a Céspedes. Una petición de reconocimiento a los EE.UU. fue aprobada pocos
días después por la Cámara de Representantes a la nueva república,
sancionada por el presidente y enviada al representante de los cubanos
revolucionarios en Washington, José Morales Lemus.
El entonces presidente de los EE.UU., Gral.
Ulises Grant, cuyo consejero principal era amigo de la causa de los cubanos, el
Cnel. Rawlins, dijo en una entrevista privada junto al entonces secretario de
estado, Sr. Fish, a Lemus: "Sosteneos un poco más de tiempo y obtendréis
más de lo que pensáis".
Pero los Estados Unidos mantenían una
reclamación al gobierno británico por haber éstos colaborado con las fuerzas
sudistas durante la Guerra Civil, como el caso del crucero Alabama, que junto a
otros, construidos en los astilleros de Liverpool, ocasionaron grandes daños a
las fuerzas del norte. Si el gobierno norteamericano reconocía la beligerancia
de las fuerzas cubanas, no harían más que justificar lo que los ingleses
habían hecho durante la guerra civil; así que, nuevamente, Inglaterra se
interponía en el asunto de Cuba. No obstante, Fish intentó nuevamente la
compra de la isla a España, pero ésta se volvió a oponer.
Luego de terminada la Guerra de los Diez Años, los Estados Unidos desviaron su
atención hacia la América Central y a la posibilidad de un canal
interoceánico.
Por aquellos tiempos se editó el tercer libro
del Cptán. Alfredo Thayes Mahan - quien luego fue almirante - "Interest of
United States in Sea Power" de profunda influencia en las decisiones de la
época, tanto en la política naval como en la política exterior en general,
desde 1887.
De él son estas palabras: "Es tan vano
ahora como lo fue siempre, esperar que los gobiernos actúen continuamente en
otro terreno que no sea el del interés nacional. Tampoco tienen derecho a
proceder de otra manera, siendo como son, mandatarios y no propietarios de la
cosa (...) Los gobiernos son corporaciones y las corporaciones no tienen alma
(...) deben colocar en primer término el interés de aquellos que están
confiados a su protección o su tutela (...) el de su propio pueblo".
No fue hasta la década de los 90 que, producto
de los intereses geopolíticos de la Gran Bretaña, ésta se desentendió de la
cuestión cubana dejando las manos libres a los EE.UU.
El 24 de febrero de 1895, comenzó la Guerra de
Independencia dirigida por José Martí. Ya durante el año 1896, el presidente
Cleveland y su secretario de estado, Olney, instaron a los españoles a resolver
la cuestión cubana, pero no fue hasta el mandato de William Mckinley - quien
tomó posesión el 4 de mayo de 1897 - que comenzó el fin de la larga espera de
los EE.UU. por hacerse del control de la isla.
La guerra cubana de 1895, que entre sus
objetivos estratégicos se proponía cerrar el paso a la dominación
expansionista norteamericana en el Caribe y la América Central,
contradictoriamente produjo resultados opuestos.
Ya el 26 de junio de 1897, el secretario de
estado, Sherman, dio a conocer una enérgica protesta al gobierno español por
los atropellos del Gral. Valeriano Weyler en la isla. El embajador Woodford dio
plazo hasta el 31 de octubre para que se resolviera el asunto de Cuba.
El 8 de octubre fue relevado el Gral. Weyler por
el Gral. Blanco.
El 26 de noviembre, la Gaceta Oficial de Madrid,
publicó el texto de la Constitución Autonómica de Cuba y Puerto Rico. Los
cubanos, como era de suponer, no aceptaron las reformas españolas y
prosiguieron las hostilidades.
El crucero acorazado Maine fue destacado a La
Habana en visita amistosa y, el 15 de febrero explotó misteriosamente, muriendo
2 oficiales y 250 marinos.
Mientras se realizaban las investigaciones
pertinentes, el gobierno de Mckinley intentó solucionar la crisis mediante
compra, y ofreció 300 millones, pero todo fue inútil.
La terquedad del gobierno de España, el informe
final de la Comisión Investigadora y la gran campaña de la prensa
norteamericana incitando a la guerra, con el grito de "Remember the
Maine", crearon las condiciones para que los EE.UU. asestaran el tiro de
gracia al ya moribundo imperio español.
Si alguien nos preguntara sobre la destrucción
del Maine diríamos que, si no fue un accidente, probablemente lo volaron los
cubanos anexionistas, pues eran los únicos que tenían algo que ganar con
semejante masacre.
La intransigencia históricamente reconocida de
los cubanos, en su lucha contra la opresión española y la crueldad demostrada
por España, provocó un gran sentimiento de solidaridad del pueblo
norteamericano. Gracias a estos estados de opinión pública, más los cambios
de principios de siglo en la práctica y en la política expansionista, sumada a
la beligerancia de los cubanos en su afán por la independencia, hicieron
posible que en Cuba se estableciera la República Mediatizada el 20 de mayo de
1902.
Ahora toda esta apretada síntesis nos puede
parecer historia antigua, pero... ¿qué experiencia pudiéramos deducir de
estos hechos?
Conclusiones
En un artículo periodístico publicado en El
Nuevo Herald, el miércoles 25 de junio de 1997, el opositor pacífico cubano,
Ariel Hidalgo, señalaba siete razones contra el embargo:
1.- Nos han distraído con una estrategia
inefectiva.
2.- El embargo convierte al gobierno cubano en víctima.
3.- La necesidad material retrasa la libertad.
4.- El embargo justifica la ineficiencia económica.
5.- El embargo afecta más al pueblo que al gobierno.
6.- El embargo justifica la represión contra los disidentes.
7.- La incomunicación retrasa una toma de conciencia.
Y nosotros añadiríamos, como corolario de la
historia pasada y reciente que:
8.- El embargo pretende, probablemente, mantener
a Cuba en las manos más débiles para que, mediante una espera paciente
la isla tienda, por ley natural, hacia sus pretenciosos de siempre: los EE.UU.
nuevamente.
Pareciera como si ciertos sectores de la
política exterior de los Estados Unidos, retroalimentados entre sí con los
anexionistas contemporáneos, promovieran el resurgimiento del ancestral Destino
Manifiesto.
En el futuro cercano, con una masa migratoria de
más de 1 millón de cubanos, de cubano-norteamericanos y de norteamericanos de
origen cubano, con representación en el Congreso Nacional, ¿en qué medida se
fortalecería el anexionismo histórico?
Sólo un proceso de reconciliación nacional,
mediante el diálogo pacífico entre todos los cubanos respetuosos de nuestra
soberanía y nuestra nacionalidad, en un contexto de normalización del estado
de tensiones entre Cuba y los Estados Unidos, alejaría estos potenciales
peligros.
Desaparecido el fantasma del enemigo
conveniente, también desaparecería el miedo a la renovación de la sociedad
entre otras cosas.
El gobierno cubano se vería conminado a cumplir
con los acuerdos contraídos y firmados en Viña del Mar el pasado año, y
tendría que responsabilizarse por sus actos y su incompetencia para desarrollar
el país y sacarlo de la crisis económica, política y moral en que está
inmerso. Las violaciones de los derechos fundamentales de la persona humana no
tendrían justificación y los procedimientos democráticos, como el plebiscito,
para consultar al pueblo sobre sus deseos e intenciones, no se podrían seguir
soslayando.
Quedarían sin apoyo quienes, como antaño,
esperan que los EE.UU. resuelvan "el problema cubano"; los
herederos del anexionismo histórico, los extremistas que piensan que la
violencia puede generar la paz, los que prefieren un baño de sangre que lave
sus odios y su sed de venganza; en fin, los terroristas de derecha o izquierda,
que creen que puede nacer una paloma de un huevo de serpiente.
Sólo la tolerancia, el respeto, la voluntad
política de renovación pacífica, sin pretextos y sin intervenciones
foráneas, son el camino hacia la libertad, la democracia participativa y la
probidad.
Este camino debemos de andarlo juntos, unidos todos los que comulgamos por la
salvación nacional, el respeto a nuestra soberanía y la no-violencia, pues
todos estamos involucrados, por acción u omisión, en nuestro devenir
histórico, independientemente de presupuestos políticos.
Sabemos que, probablemente, el grupo que
desempeña el papel principal en el desarrollo de la sociedad en un período, no
será el que desempeñe igual papel en el siguiente, y ello por la sencilla
razón de que estará demasiado imbuido en las tradiciones, los intereses y las
ideologías de períodos anteriores, como para poder adaptarse a las exigencias
y las condiciones del próximo.
Pero la patria ni se circunscribe ni se agota en
un grupo o en una generación de hombres y la continuidad del desarrollo
histórico de la nacionalidad cubana, nada ni nadie podrá detenerlo.
Tiempos nuevos reclaman ideas nuevas.
En los albores del siglo XXI, se hace necesaria
una reconsideración por los políticos y los gobernantes de los Estados Unidos,
de las realidades de los nuevos tiempos y de las nuevas políticas que deben
modelar el futuro de las relaciones entre Cuba y sus vecinos del norte para que,
finalmente, éstas puedan basarse en la justa comunión de intereses, el
respeto, la amistad y la solidaridad entre ambos pueblos, unidos ya de hecho,
por la historia.
| Siro del Castillo
Domínguez |
Rafael León Rodríguez |
Bibliografía
1) La expansión territorial de los Estados
Unidos. Ramiro Guerra.
2) What is history? Edward Hallet Carr.
3) Historia de la isla de Cuba. Carlos Márquez Sterling y Manuel Márquez
Sterling.
La Habana, 10 de septiembre de 1997
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