Por: Rafael
León Rodríguez
En el desarrollo de las sociedades un
acontecimiento puntual es, entre otras cosas, el hito que refleja en sí mismo,
las causas y consecuencias de un proceso histórico determinado.
Este año se cumplió el primer centenario del
estreno en sociedad de la seudorrepública plattista, vigilada y comprometida de
Cuba, el 20 de mayo de 1902. Si a las personas nacidas a mediados del pasado
siglo les puede parecer este hecho algo lejano en el tiempo, cabe preguntar: ¿Cómo
lo percibirán los jóvenes cubanos de las generaciones pertenecientes a los años
posteriores al triunfo de la revolución de 1959? No solo por ser un evento que
se enmarca, casuísticamente, en el milenio anterior, sino por la adicción de
los cubanos a reescribir constantemente la historia.
De cualquier modo siempre van a contarse
diferentes versiones de aquel acontecimiento, de su pasado y de las
implicaciones que tuvo en el devenir del futuro de nuestra patria.
Ese día, finalmente, fue izada la bandera de la
estrella solitaria sobre el Palacio de los Capitanes Generales, frente a la
Plaza de Armas de la Ciudad de La Habana. Bandera que, desde su creación en
junio de 1849 – paradójicamente en New York – por el venezolano Narciso López
y los cubanos Cirilo Villaverde, Miguel Teurbe-Tolón y José Aniceto Iznaga,
entre otros, presidió, y aún preside, la epopeya del pueblo de Cuba por
alcanzar su libertad y legítima independencia. Se habían cumplido, el día
anterior, 7 años de la caída en combate en Dos Ríos de José Martí, la mañana
de un domingo triste de 1895.
En una carta dirigida a su amigo Gonzalo de
Quesada, unos años antes, el apóstol había anticipado: - “Es que vivo por
mi Patria, y por su libertad real, aunque sé que la vida no me ha de alcanzar
para gozar del fruto de mis labores, y que este servicio se ha de hacer con la
seguridad, y el ánimo, de no esperar por él recompensa. Pero lo que soy, lo
soy, y no me deslumbro, ni me desvío, ni cedo por interés alguno de renombre
pasajero, o popularidad demasiado costosa, o autoridad futura, a lo que creo
que, so pretexto de acelerarla, pone en riesgo, tal vez mortal, la libertad de
un país. Cambiar de dueño, no es ser libre. Yo quiero de veras la
independencia de mi Patria”.
El artífice de la guerra necesaria intuyó
también, en otra sentencia premonitoria, la participación de la clase obrera
cubana en los destinos de la nación cuando adelantó: «Se viene encima,
amasado por los trabajadores, un universo nuevo».
Transcurridos casi 57 años de aquel 20 de mayo,
la tiranía del general golpista Fulgencio Batista fue derrotada y el triunfo
definitivo de la rebelión popular se alcanzó gracias a la huelga general
realizada por el movimiento obrero revolucionario cubano.
Pero regresemos a los tiempos que precedieron y
sucedieron al 20 de mayo de 1902.
Al finalizar la guerra del ’95 Cuba estaba
devastada. Habían perecido alrededor de 300 mil personas, la quinta parte de su
población. Miles de campesinos, obreros y antiguos esclavos, deambulaban por
campos y ciudades sin trabajo. Las vegas de tabaco estaban destruidas.
Desaparecieron mil de los mil doscientos centrales azucareros existentes. Se
perdió un millón de cabezas de ganado – el 90% del total con que contaba la
isla –. El 90% de toda la superficie cultivable estaba en ruinas. En general,
se había esfumado el 85% de las riquezas del país. Fue decisiva la participación
del ejército interventor norteamericano en los primeros tiempos y de los
inversionistas del norte después, en la rápida y necesaria reconstrucción,
aunque esto también obligó a contraer deudas, realizar contratos onerosos y a
enajenar tierras y recursos naturales. Los trabajadores y campesinos cubanos
enfrentaron la recuperación con vehemencia. Ya en 1903 había 1 millón 223 mil
613 cabezas de ganado, de 120 mil que quedaron después de la guerra. La
industria azucarera se reanimó rápidamente. En 1904 la zafra alcanzó 1,1
millones de toneladas; en 1915: 2,6; en 1924: 4,1; en 1930: 4,7; en 1948: 5,9 y
en 1952: 7,2 millones de toneladas. Ya en 1939, Cuba contaba con 159 fábricas
azucareras y de ellas 66 estaban en manos de capitales cubanos.
El comercio de la isla se recuperó también a
pasos agigantados. Durante la seudorrepública el azúcar constituyó el 83% de
las exportaciones, y el tabaco el 7% del total. Durante los 57 años posteriores
a 1902, el saldo de la balanza comercial fue favorable a Cuba en 54
oportunidades y desfavorable sólo en 3, con un resultado promedio a favor de 80
millones de dólares anuales. Este comercio se realizaba mayoritariamente con
los Estados Unidos, en un valor porcentual del 85% del total. Hasta 1951, el dólar
estadounidense era una moneda de curso legal en la isla, y hasta 1960, el peso
cubano y el dólar eran equivalentes. Las reservas de oro y otros activos de
cambio extranjeros del Banco Nacional de Cuba alcanzaron, en 1955, 493 millones
de dólares. En 1957 las reservas de dólares de la isla eran las mayores de América
Latina, con 441 millones.
En un discurso pronunciado por Radio Cooperativa
Vitalicia, el domingo 28 de octubre de 1951, el expresidente de Chile, Eduardo
Frei Montalva dijo: «Cuando se piensa que Cuba recibe más de 600 millones de dólares
al año, solamente por sus exportaciones de azúcar, y se los compara con los
300 millones de dólares que representan el total de las exportaciones chilenas,
incluyendo materiales tan esenciales y codiciados como el cobre, el salitre, el
hierro o el azufre, se hace patente que estamos mal defendidos, y que las reglas
de nuestra cooperación con los Estados Unidos exige revisiones sustanciales, al
igual que las con otros países sudamericanos que nos venden artículos
esenciales».
El monto de las inversiones norteamericanas era
de 50 millones de dólares en 1895. Ya en 1909 había crecido a más de 200
millones; y en 1956 ascendía a 774. Pero todas estas cifras y datos económicos
no revelan la otra cara de la moneda: la de las injusticias sociales, las
marginaciones, el problema racial no resuelto, la humillación de la soberanía
conculcada, la corrupción instalada, el privilegio de los “trusts”
estadounidenses y de los nuevos ricos del patio beneficiados por los Tratados
Recíprocos.
Estados Unidos no permitió la participación de
Cuba en el Tratado de París. España le entregó la isla el 1° de enero de
1899 a los norteamericanos, no a los cubanos. La independencia nacional fue
frustrada y la Enmienda Platt significó el colofón de toda esa felonía.
Juan Gualberto Gómez, en su carta de respuesta
al gobernador militar Wood acerca de su comunicación sobre la Enmienda Platt
desde la Convención Constituyente dijo: “Hoy parece Cuba un país vencido, al
que el vencedor, para evacuarlo impone condiciones, que tiene que cumplir
precisamente, pues de lo contrario seguirá sometido a la ley del vencedor. Y
esas condiciones en el caso presente, son duras, onerosas, humillantes: limitación
de la independencia y soberanía, poder de intervención y cesiones
territoriales: de todo eso hay en el acuerdo del Congreso de los Estados Unidos
que se nos comunica. Si en vez de hacer la guerra a España para acelerar la
independencia de Cuba, los Estados Unidos se la hubiesen declarado a Cuba misma
por cualquier motivo o cualquier propósito, ¿qué otras condiciones a no ser
la franca incorporación, podrían imponer a los cubanos?¿Y se aviene esto con
lo establecido tan noble y generosamente en el artículo cuarto de la Joint
Resolution de 19 de abril de 1898, que la ley de presupuestos dice venir a
cumplimentar? La comisión que suscribe entiende que no”.
Otro grande de Cuba, Salvador Cisneros
Betancourt, decía ante la Convención Constituyente en marzo de 1901: “Las
razones que en mi anterior voto particular expuse, subsisten con más fuerza
para ésta y son las siguientes: que con dichas relaciones está de manifiesto
que los americanos no vinieron a Cuba puramente por humanidad cómo pregonaban;
sino con miras particulares y muy interesadas.
Que no debemos caer en una celada; vendiendo
nuestra honra e independencia absoluta, por concesiones que hagamos a favor de
los Estados Unidos, sin que por su parte nos concedan ventaja alguna. Nosotros,
por nuestra parte, hemos cumplido con lo que se le ha encomendado a la Convención,
formando una Constitución completa para la formación definitiva de la República
de Cuba”.
Durante la primera mitad del siglo XX - mientras
la reconstrucción económica avanzaba - y en la misma medida en que lo hacía
el resto de la sociedad, los obreros se fueron organizando. Ya en 1925 fue
creada la primera organización de los trabajadores cubanos: la Confederación
Nacional Obrera de Cuba (CNOC).
Más tarde, en 1933, se fundó la Federación
Obrera de La Habana, desde la que se realizaron acciones y huelgas contra la
dictadura del General Gerardo Machado. Pero no fue hasta el año 1938 en que,
con la fundación de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), se
anunciaba la mayoría de edad del movimiento sindical cubano, como organización
cimera de la sociedad civil.
La participación de líderes sindicales en la
elaboración y aprobación de leyes de beneficio para la comunidad, en general,
tuvo su paradigma en la Constitución de 1940, la más avanzada de la América
en su tiempo. Ya en el gobierno revolucionario de los cien días, presidido por
el Dr. Ramón Grau San Martín, a la caída del dictador Machado, se habían
establecido leyes, disposiciones, y decretos que situaban al movimiento obrero
cubano a la vanguardia de los del continente.
Se destacaron, entre otras, las siguientes
medidas:
-
La jornada de 8 horas y el salario mínimo.
-
La ley que obligaba a las compañías
extranjeras a contratar, por nómina, al 50% como mínimo, de trabajadores
cubanos.
-
La sindicalización obligatoria de empresas
extranjeras.
-
La reforma de la ley de accidentes del
trabajo y de la seguridad social.
Una de las más importantes iniciativas del
gobierno de Grau, consistió en la búsqueda de la anulación de la Enmienda
Platt durante la 7ma. Conferencia Panamericana de Montevideo, aprovechando la
política del Buen Vecino o New Deal del presidente norteamericano Franklin D.
Roosevelt. Finalmente esto se consiguió el 29 de mayo de 1934.
A partir de 1940 y hasta 1952, periodo
considerado como el más democrático de la historia republicana – en cuanto a
la sucesión ordenada de poderes –, la CTC continuó socializando su gestión
al frente del movimiento de los trabajadores. El liderazgo alcanzado y su poder
de convocatoria la hicieron blanco del rejuego de los intereses políticos
espurios del momento y, presa de la corrupción de algunos de sus dirigentes,
apoyó el golpe de estado del 10 de marzo de 1952 realizado por el General
Batista, hecho que interrumpió la continuidad democrática comenzada en 1940 y
significó un retroceso en la conformación de nuestra nación. La identidad
nacional de los cubanos fue tejiéndose lentamente a través de los siglos en
una constante interacción con los intereses foráneos que nos han pretendido.
Cuba fue la primera puerta ancha por la que penetró Europa en América. Los
primeros doscientos años transitaron entre la crueldad y el terror de la
conquista y colonización, hasta la violencia desatada por las luchas contra el
corso y la piratería y los ejércitos de los reinos europeos con los que España
mantenía, indistintamente, hostilidades. Los expedicionarios de Colón
descubrieron a Cuba buscando especias y, como no las hallaron, se llevaron todo
lo que encontraron a su paso. La clave de los tiempos era el saqueo, el robo, el
pillaje, el contrabando y el rescate, incentivados por el control mercantil que
la metrópoli aplicaba a su colonia. A mediados del siglo XVI la isla se
encontraba en estado ruinoso; el oro se había agotado y los indios estaban casi
aniquilados. En 1595 aparecen los primeros ingenios azucareros y comienzan a
cultivarse las vegas de tabaco. Es finalizando este siglo que, también,
empiezan a llegar a la isla negros africanos para sustituir el trabajo esclavo
de los aborígenes.
En el siglo XVIII se produce un acontecimiento
que marcó, por primera vez, la diferencia entre los intereses de los criollos y
el de los peninsulares: las sublevaciones de los vegueros entre los años 1717 y
1723, provocadas por el monopolio de la metrópoli al tabaco, conocido por el
Estanco y que fueron reprimidas cruelmente. Más tarde estas prácticas monopólicas
continuaron mediante la Real Compañía de Comercio de La Habana.
En 1762 ocurre otro acontecimiento que cambió
las relaciones entre Cuba y el mundo: la toma de La Habana por los ingleses.
La Restauración Española en 1763, encabezada
por el Conde de Ricla e influida por el llamado Despotismo Ilustrado, sentó las
bases de un nuevo desarrollo económico, político y social que dividió,
finalmente, a la población de la isla entre criollos, peninsulares y esclavos.
Por un lado, determinó también la militarización
de los gobernantes españoles en la colonia y la discriminación de los criollos
para ejercer el gobierno. Y por otro, incrementó la trata de esclavos africanos
gracias a las concesiones de los ingleses. El comercio se liberó con las
Ordenanzas de 1777. Se comenzaron a fortificar las ciudades, se hicieron caminos
y puentes, servicios de correo y construcciones de todo tipo. El crecimiento
urbano, la concentración citadina, con sus nuevas instituciones y tertulias,
sus reuniones y complicidades, crearon los escenarios adecuados para el inicio y
florecimiento de los sentimientos de pertenencia de los cubanos. El desarrollo
de estos nuevos sentimientos nacionales corrieron paralelos al desarrollo de las
ciudades.
Fue la época del llamado «buen gobierno»,
entre 1776 y 1796; del Teniente General Don Luis de las Casas y la Real Sociedad
Económica de Amigos del País; del Real Consulado de Agricultura y Comercio; de
Francisco de Arango y Parreño, el primer estadista cubano, y del Dr. Don Tomás
Romay; la época de la Universidad Pontificia fundada por el Obispo Jerónimo
Valdés y el traslado a Cuba de la Audiencia, producto de la cesión de Santo
Domingo a Francia por el Tratado de Basilea; la creación del Arzobispado de
Santiago de Cuba y de Juan José Díaz de Espada y Landa, Obispo de La Habana y
los Estatutos del Seminario San Carlos y el incremento de la enseñanza en Cuba.
En el ámbito internacional, otros
acontecimientos importantes incidieron en la toma de conciencia del cubano y en
la formación de su identidad nacional: la Revolución de las Trece Colonias
norteamericanas y la Revolución Francesa de 1789.
Las migraciones provenientes de la Louisiana y
Haití – en tiempos de Napoleón – y la sublevación de los negros esclavos
en esta última, dirigida por Toissaint Louverture, despertaron el miedo a los
alzamientos de sus semejantes en la isla e hicieron dirigir las miradas de
muchos hacia el norte en busca de garantías para la esclavitud, y a otros, a
introducir colonos procedentes de Islas Canarias con sus familias, para
“blanquear” a la sociedad agrícola del país.
Un nuevo factor geopolítico comenzó a incidir
en el desarrollo de la sociedad cubana: la joven y vigorosa nación
norteamericana.
El sistema económico de plantaciones
azucareras, con la abominable práctica de la esclavitud estigmatizó la virtud
del trabajo y creó una oligarquía de terratenientes y hacendados que, en su
mayoría, buscaban la forma de preservar sus intereses.
Ya en los comienzos del siglo XIX surgen los
primeros intentos por la libertad, la independencia y la justicia social. Uno,
encabezado por Román de la Luz, propietario del ingenio “Espíritu Santo” y
otro, por José Antonio Aponte, negro libre habanero. En 1822 la “Conspiración
de Soles y Rayos de Bolívar” fue la más notable de las descubiertas. La
siguieron otras, como las del “Águila Negra” y más tarde la de “La
Escalera”. Los alzamientos de las dotaciones de esclavos de los ingenios
fueron muchos en la primera mitad del siglo, y el sentimiento anexionista pujaba
entre el autonomismo y la independencia.
El Padre Félix Varela y sus discípulos José
Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, y otros ilustres cubanos, fueron
identificando los males y las soluciones que Cuba necesitaba; hasta que –
luego de las tentativas anexionistas con Norteamérica, que tuvieron su más
alto exponente en Narciso López –, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la
Patria, diera el grito de “Viva Cuba libre” el 10 de Octubre de 1868, en La
Demajagua.
El sindicalismo en la isla comenzó en 1865.
Saturnino Martínez, inmigrante de origen asturiano, se considera el primer líder
sindical en Cuba. En ese año comenzaron los lectores de tabaquería, y fue en
ese sector, con la creación de la Asociación de Trabajadores Tabaqueros de La
Habana, en 1866, en el que nació el primer sindicato. Más tarde, al finalizar
la Guerra de los Diez Años, se fundó en La Habana la Junta Central de
Artesanos, a la que se llamó después Junta Central de Trabajadores. En 1887 se
realizó el Primer Congreso Obrero de La Habana y Matanzas, y en 1892, se celebró
el Primer Congreso Obrero Nacional, en el que ya se manejaron las ideas
independentistas de José Martí.
Fueron los tabaqueros cubanos exiliados en Tampa
y Cayo Hueso, los que apoyaron la creación del Partido Revolucionario Cubano,
creado por el Apóstol para la independencia de Cuba y Puerto Rico.
Regresemos nuevamente al 10 de marzo de 1952.
Durante la lucha contra la tiranía batistiana,
el movimiento obrero cubano participó en la insurrección desde las
organizaciones revolucionarias que combatieron a la dictadura: el Movimiento 26
de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, la Organización Auténtica,
el II Frente Nacional del Escambray, la Resistencia Cívica, la Triple A, el
Partido Ortodoxo, y el Partido Socialista Popular, entre otras.
Muchas de estas organizaciones firmaron un
acuerdo de unidad llamado Pacto de Caracas, para aunar esfuerzos en la lucha por
la liberación de Cuba. Este pacto enfocaba 3 puntos fundamentales: «una
estrategia común de lucha para derrocar a la tiranía mediante la insurrección
armada; un breve gobierno provisional que encause al país por procedimientos
constitucionales y democráticos y un programa mínimo de gobierno que garantice
el castigo de los culpables, los derechos de los trabajadores, el orden, la paz,
la libertad, el cumplimiento de los compromisos internacionales y el progreso
económico, social e institucional del pueblo cubano». La fracasada huelga
general revolucionaria del 9 de abril de 1958 fue una de las acciones más
connotadas de la clase obrera, preludio de la victoria del 1° de enero de 1959.
En los primeros meses del triunfo de la revolución
democrático-popular, el movimiento obrero se reorganizó y celebró su X
Congreso en noviembre de 1959. Al frente de la Central de Trabajadores de Cuba
– CTC revolucionaria – estaba David Salvador, militante del Movimiento 26 de
Julio.
Muchas fueron las leyes revolucionarias
dirigidas a la modernización del Estado y de beneficio para los obreros y
campesinos. Una de las más importantes fue la Reforma Agraria, que comenzó a
entregar la tierra a los agricultores y fue también la primera que afectó
intereses de compañías latifundistas norteamericanas. Desde los inicios del
triunfo revolucionario las relaciones con el vecino del norte comenzaron a
crisparse, y comenzaron también las agresiones de todo tipo, incluyendo los
actos de sabotaje y terrorismo. La confrontación llegó a las organizaciones
sindicales y a la CTC. La radicalización de la revolución fue acelerada en una
espiral, que culminó con la declaración del carácter socialista del llamado
proceso revolucionario en los días de la invasión de Bahía de Cochinos. La
CTC dejó de ser una organización independiente de la sociedad civil y se
convirtió en cadena de transmisión de las directivas y disposiciones dimanadas
de la dirección del Estado. Nuevamente, la intromisión de los gobiernos de
Estados Unidos en los asuntos de Cuba influyó, determinantemente, en los
destinos del pueblo cubano. Muchas cosas han pasado desde entonces, y muchas
cosas han cambiado, sin embargo, hasta el presente, el ambiente de hostilidad
entre los gobiernos estadounidense y cubano se ha mantenido en mayor o menor
grado inconmovible. El resumen de esa política ha estado focalizado en el
bloqueo a Cuba y en las leyes extraterritoriales que afectan al pueblo del
archipiélago fundamentalmente, y mantienen congelados los intentos de
democratización desde la sociedad civil.
En su carta-voto a la Convención Constituyente
sobre la Enmienda Platt del 15 de marzo de 1901, Salvador Cisneros Betancourt
expresó: “- Además, ¿somos nosotros parte integrante del territorio de los
Estados Unidos? ¿Las leyes que formula el Congreso de los Estados Unidos,
tienen acaso que ver algo con los cubanos? ¿Son por ventura obligatorias para
individuos que no están bajo su jurisdicción, por más que esté sancionado
por el Presidente de los americanos?”
Cualquier parecido o semejanza con la
actualidad, no es pura coincidencia.
Durante los primeros treinta años de socialismo
real, la agricultura cubana incrementó el latifundio estatal cañero para
garantizar alguna compensación por los subsidios que recibía de la otrora Unión
Soviética y el campo socialista. A lo largo de esas tres décadas se realizaron
grandes planes experimentales a nivel de todo el país con sus correspondientes
éxitos y fracasos. La participación en la confrontación este-oeste, privilegió
las categorías políticas sobre las económicas, creando una marcada asimetría
en el desarrollo del archipiélago. Hoy las autoridades cubanas pueden mostrar
reconocidos avances en esferas tan sofisticadas como: las investigaciones
biotecnológicas, de ingeniería genética, farmacéutica, educacionales y en la
salud. Sin embargo, el coste social ha sido bien alto. El Estado no ha podido
garantizar una alimentación adecuada durante más de 40 años a la población.
El fondo habitacional está depauperado en más de 50% del total. El salario
medio de los trabajadores cubanos – de más o menos 260 pesos – representa
solamente 10 dólares mensuales, en una economía dolarizada. Existen cuatro
monedas circulando en la actualidad: el peso cubano, el peso cubano convertible,
el dólar norteamericano y el euro, en algunos emporios turísticos vedados, en
general, a los cubanos. Los productos de la canasta básica subvencionada por el
Estado son deficitarios y sólo cubren un tercio de la necesidad del consumo
mensual per cápita aproximadamente. La población está empobrecida y
desesperada. El Estado mantiene un control absoluto de la fuerza de trabajo y se
niega a liberar las fuerzas productivas.
En la actualidad, se ha visto en la necesidad de
redimensionar la agroindustria azucarera, a la que dedicó grandes inversiones
durante los primeros treinta años de socialismo real. El país se libera al fin
del monocultivo cañero, más por coyunturas internacionales que por voluntad
política. La nueva locomotora de la economía es el turismo, por lo que los
servicios han pasado a ser la fuente más importante de empleo e ingresos. Pero
las inversiones extranjeras en este sector y en otros, han creado nuevos
intereses en la clase trabajadora y en la nueva clase empresarial. La sociedad
se prepara, quiéranlo o no, para insertarse en el mundo de la globalización
económica. El desarrollo de la informática y las comunicaciones es un reto que
se está enfrentando. Hoy los términos competitividad, costes, gestión de
venta, estudio de mercado, etc., han sustituido al voluntarismo, al paternalismo
y a una gran parte de la burocracia improductiva.
Pero, ¿cómo y por qué hemos llegado hasta aquí?
En el futuro, los historiadores se encargarán con una mirada más alejada en el
tiempo, y por tanto más abarcadora, de opinar sobre las circunstancias que
contribuyeron a convertir a Cuba en lo que hoy es. Sin embargo, en nuestra opinión,
la imposición de la Enmienda Platt y la injerencia – en mayor o menor medida,
según la época – de los intereses norteamericanos, sembraron en la sicología
del cubano medio ciertos sentimientos de indefensión, frustración, dependencia
y desarraigo que, aun hoy, perduran.
Este estado de cosas, restó posibilidades a la
consolidación de una cultura democrática nacional desde y hacia nosotros
mismos. En la tradición sociológica de la cubanidad, pesó más el derecho de
la fuerza, que la fuerza del derecho, y los resultados los estamos sufriendo
todavía.
Es cierto que, otros factores políticos exóticos,
comenzaron a incidir en la vida nacional desde finales de la I Guerra Mundial,
incrementándose más aún después de concluida la segunda. Como sucedió con
otros países occidentales, nos fueron involucrando en lo que se conoció como
la «guerra fría».
Las organizaciones de socialistas cubanos
estaban alineadas, comprensiblemente, en la Internacional Comunista. A pesar de
que varios líderes sindicales de esta ideología se destacaron y lograron
triunfos importantes para la clase trabajadora, la sociedad no reflejaba interés
por el socialismo. Baste señalar a Jesús Menéndez, el conocido General de las
Cañas, que consiguió el pago del diferencial azucarero para los obreros del
sector.
Ahora parece no haber dudas de que el Partido
Socialista Popular, en aquella época, tenía células ocultas en otras
organizaciones políticas, como por ejemplo: en el Partido Ortodoxo. Pero la
rebelión contra la dictadura de Batista, fue realizada por un gran conjunto
plural de ciudadanos que lucharon por la libertad, la democracia y la justicia
social. Entre ellos estaban la mayoría de los trabajadores, y triunfaron.
Esta victoria pudo ser monopolizada, prácticamente
en los primeros 24 meses de poder revolucionario por la izquierda, apoyados en
la reacción violenta y agresiva de los intereses norteamericanos, desatada
desde enero de 1959.
Estas acciones inhibieron las alternativas pacíficas
y las posibilidades de un juego político democrático gobierno-oposición.
Crearon la justificación a las autoridades de la isla para radicalizar el
llamado «proceso revolucionario», y dejaron solo dos alternativas para la
oposición política: o la violencia, respaldada, financiada y dirigida,
generalmente, por las agencias gubernamentales de los EE.UU., o el abandono del
país, a la espera de que los norteamericanos resolvieran “el problema
cubano”. La espera para algunos, después de 43 años, aún continúa.
Hay quienes plantean que los intereses
estadounidenses de 1902 con relación a Cuba, no son los mismos de la
contemporaneidad. Evidentemente tienen algo de razón. En la actualidad están más
desarrollados y utilizan otros mecanismos para intentar conseguir sus propósitos.
Al menos así lo han demostrado y demuestran. Como asevera un aforismo criollo:
“siempre que pasa igual, sucede lo mismo”.
El escritor Ernest Hemingway, en su laureado
libro “El Viejo y el Mar”, refiriéndose a Cuba sentenció: «...esa isla
larga, estrecha y desdichada». Este hombre universal, conoció de la pobreza de
sus pescadores y trabajadores humildes, de las injusticias y los males que sufrían
la mayoría de los cubanos. Pero Cuba es también una isla bendecida por el Señor.
Han sido muchos los sacrificios y el dolor por los que han transitado
generaciones tras generaciones de compatriotas durante 500 años de formación
de nuestra identidad nacional. Las últimas no han estado ajenas a este
sufrimiento. Uno de los atributos más hermosos que posee la cubanidad es su
sentido de la solidaridad, sentimiento que sobreexcede ideologías,
nacionalidades, razas, religiones y status de cualquier naturaleza. Más allá
de las sombras que puedan oscurecer, circunstancialmente, esta cualidad
nacional, será ella la que iluminará el camino a la renovación de la sociedad
cubana. Ese momento se acercará cuando los escenarios sociales, políticos y
económicos permitan, alguna vez, que los cubanos resolvamos, entre nosotros
mismos, nuestra problemática nacional.
En el presente, el pueblo cubano continúa
entrampado entre el diferendo del gobierno estadounidense y las autoridades de
la isla, y el inmovilismo de éstas para renovar, pacíficamente, a la sociedad.
Los derechos humanos, económicos, civiles y políticos son violados. Pero a
pesar de todo – y de todos – se van consolidando las estructuras de la
civilidad alternativa cubana. En ellas, tienen una participación importante las
organizaciones sindicales independientes, como una referencia de la
impostergable y necesaria independencia total del movimiento de los trabajadores
cubanos del futuro.