A PROPÓSITO DEL CINCUENTENARIO DE LA
DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS
La Habana, 4 de diciembre de
1998.
Largo ha sido el camino de la humanidad desde
que el hombre tuvo conciencia de sí hasta el 10 de diciembre de 1948, fecha en
que fue proclamada la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Las guerras, con sus secuelas de destrucción,
violencia y muerte, entre otros males, ha sido y es, el principal factor de las
violaciones de los derechos de la persona humana.
A través de los tiempos, el desarrollo de las
sociedades se podía medir por la forma en que los hombres se mataban entre sí,
y esto no ha variado mucho hasta nuestros días.
Los esposos Toffler, en su libro "Las
guerras del futuro", escriben: "De hecho, durante las 2340 semanas
transcurridas entre 1945 y 1990, la Tierra disfrutó únicamente de tres en las
que verdaderamente no hubo guerra. Así pues, denominar era de la
"posguerra" a los años que median entre 1945 y el presente es
combinar la tragedia con la ironía".
Históricamente, según cambiaban los modos de
producción, fueron cambiando las formas de las violaciones de los derechos del
individuo, así se sucedieron, una tras otra, las sociedades esclavistas,
feudales e industriales y, cada una, iba imponiendo sus improntas y sus
categorías.
No obstante, en diferentes estadios del
desarrollo de las sociedades, se fueron marcando hitos importantes que con el
devenir de los tiempos conformarían la base jurídica, ética y moral de lo que
hoy conocemos como derechos fundamentales del hombre.
En el hemisferio occidental fue Inglaterra, con
la Carta Magna de 1215, la precursora de las declaraciones de derechos. Más
tarde, en 1679 con el Hábeas Corpus y en 1689 con el Bill of Rights, se
enunciaban derechos populares y deberes del Estado para con el pueblo.
Posteriormente la Revolución Norteamericana de
1762, las revoluciones iberoamericanas y la Revolución Francesa de 1789,
destacaron por primera vez los derechos individuales del ser humano, el cual,
hecho a imagen y semejanza del Creador, está dotado de derechos y de dignidad
propias e inalienables.
La Revolución Industrial abrió nuevos caminos
hacia el modernismo y el progreso. Así se sucedieron, como históricamente fue
siempre, repúblicas, imperios, monarquías, revoluciones, dictaduras...
El desarrollo tecnológico alcanzado por la
humanidad en la primera mitad del siglo XX sólo podía ser comparado con el
horror de los resultados de la última guerra mundial y el miedo a la
destrucción total del género humano en una última contienda nuclear.
Así surgió, el 10 de diciembre de 1948 esta
declaración, quizás la más importante que el hombre haya realizado para el
bien común en todos los tiempos conocidos.
Esta declaración surgía en un mundo dividido
en dos sistemas ideológicos antagónicos: los países del bloque comunista y el
llamado mundo libre.
En esta bipolaridad de bloques, cada cual
asumió una interpretación politizada de la Declaración Universal y, esta
politización, transcurridos 50 años, aún continúa en alguna medida, a pesar
de la implosión de la Unión Soviética y los cambios que ello trajo para el
nuevo orden mundial, ahora unipolar.
Cuba, nuestro país, jugó un papel relevante
como gestor en la realización de la Carta.
Sin embargo, desde su firma y hasta nuestros
días, queda aún mucho por hacer. Los logros globales obtenidos en los últimos
40 años de socialismo real en materia de derechos sociales como son: la salud
pública para todos, la universalización de la enseñanza, la seguridad social
y la igualdad de la mujer y las razas, han sido opacados por la pérdida de los
derechos políticos y civiles de la persona humana. Como resultado de esto
último nos debatimos en medio de un pueblo separado y dividido, con una
emigración galopante, atrapado entre la simulación, el desarraigo, la pobreza
y el miedo, quebrantados sus valores éticos y morales... En fin, las
consecuencias de la pérdida de la libertad.
Nosotros, los opositores pacíficos cubanos, que
abrazamos la Doctrina Social que emana del Magisterio de la Iglesia Católica,
aspiramos a la convergencia de todos los humanistas del mundo que prevén la
urgencia de una ética solidario-liberadora capaz de edificar una nueva
civilización que, en aras del bien común universal, globalice el amor como
alternativa luminosa de vida, esperanza, justicia y paz. Este es el fundamento
de nuestros propósitos.
A las puertas del siglo XXI, después de haber
transcurrido 50 años, se hace impostergable la actualización y el
enriquecimiento de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Nuevos
desafíos enfrenta la humanidad: la defensa de la ecología, las injusticias en
las relaciones de intercambio desigual que potencian la pobreza en un mundo
trisecado - simbolizados por el arado, la máquina y el ordenador - y la
globalización de la economía y de la miseria - en una era de geoinformación
donde quien maneje los medios controla el poder -, por lo que hay que crear
nuevas salvaguardias que promuevan la globalización de la justicia social y la
solidaridad.
Quienes anuncian el fin de la historia han de
comprender que ésta, ineludiblemente, está siempre por comenzar.
La Organización de Naciones Unidas, promotora
de esta declaración, también debería ser renovada acorde a los nuevos
tiempos. La ampliación del Consejo de Seguridad, la abolición del derecho de
veto y la participación más decisiva de la Asamblea General en los asuntos
más importantes de la organización, parecen ser medidas necesarias.
Nosotros propondríamos que el Comisionado para
los Derechos Humanos ocupara el cargo de Vice-secretario General con un puesto
permanente en el Consejo de Seguridad junto al Secretario General.
Frente a las trabas esgrimidas por los que se
escudan tras las normas del derecho internacional de la no-injerencia en los
asuntos internos de los Estados para soslayar la observancia del respeto de los
derechos humanos, la comunidad internacional, a través del organismo mundial y
de su Comisión de Derechos Humanos, debería tener un mayor apoyo legal
internacional para exigir el cumplimiento de lo establecido en la Declaración
Universal de 1948. Así, el espíritu de la Carta se reanimaría en bien de la
dignidad plena de la familia humana.
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Rosa María Rodríguez
Torrado
Secretaría de Derechos Humanos |
Rafael León Rodríguez
Coordinador General |
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